Ella era una mujer hermosa a sus apenas diecisiete años. Lo digo en pasado pues cuando la vi por primera vez no tenía idea de lo que podía llegar a hacer, ni siquiera al escucharla hablar podías predecir lo siguiente que de su boca saldría. No hablaba mucho, ni con muchas personas pero causaba algo en ti, un segundo bastaba para ello. Su voz te mantenía en un estado de felicidad y mareo al mismo tiempo. Su cabello era largo y ondulado: le llegaba a mitad de la espalda, era de un color negro profundamente misterioso. Parecía desarreglada pero nunca se le veía sucia o con algo fuera de lugar, aunque todo parecía totalmente al azar.
Lo que nadie sabía era que detrás de ese aparente misterio y hermosura, tenía un problema... su autoestima. Recuerdo bien aquél día, dejó su mochila y al recogerla cayó de ella un pequeño libro rojo, sólo yo lo vi pero iba muy detrás de ella así que empecé a hojearlo y ahí fue cuando lo descubrí; ella escribía todos los días una manera diferente de morir. Extrañamente, no me asusté. Cuando por fin la alcancé le toqué el hombro derecho, con el pequeño libro en la mano izquierda, extendí la mano y cuando ella lo sostuvo le dije: “¡Que bonito cuaderno! ¿Te gusta el rojo?”. No sabía qué más decirle, ni siquiera sé cómo esas palabras pudieron salir. Ella dijo “Eemh… ¿tienes una pluma?”. Le dije que sí, esperó a que la sacara de mi mochila y se la di. Escribió algo en su cuaderno, arrancó la hoja, la dobló y me la dio. No quise abrirla al instante, esperé a que se fuera y la abrí. No escribió nada, era un dibujo de un cerdito.
A pesar de que ya pasaron dos años desde eso, aún la recuerdo con su mochila de flores y un cigarro en la mano, por más que su cara demostrara inocencia. Y aún guardo ese pequeño cerdito regordete. Es increíble cuánto puedes conocer a alguien y haber cruzado tan pocas palabras. Siempre la recordaré, su cabello, su espalda, su voz, recordaré su luz y su oscuridad, recordaré a aquella pequeña mujer: Lily.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario